Aquí no hay más que escritos, una perpectiva de ver la vida. Quizás un toque de humor, críticas y cosas sin sentidos serán aquellas que podrás encontrar en este blog. ¡Disfrútalo!
Siempre nos va a tocar experimantarla, saber lo fea que es, lo mucho que la podemos odiar. Claro, todo depende de la circunstancia, no todas las esperas son iguales.
Imagine que su vejiga (o su intestino) está a punto de explotar, que si pasa un minuto más ya no le hará falta el baño, sino un coleto; cuando llega al baño tiene a 20 personas por delante.
Ahora piense que tiene 2 años sin ver a sus hijos, esposa(o) o familia, cuando está a pocas horas de concretar ese ansiado reencuentro, el avión se retrasa.
Qué tal si está en la sala de espera de un hospital, CDI (Barrio Adentro versión -2.0) o clínica -depende de su poder adquisitivo-, a la espera del resultado positivo o negativo de la prueba de embarazo, oncológico, VIH, etc.
La mezcla de emociones y sentimientos frente a la espera sólo desespera. Estamos inquietos por saber cuándo se acaba esto, cuándo llegaré al lugar deseado -se incluye el baño del ejemplo uno- o cuándo será que el oftalmólogo pronunciará mi nombre para atenderme y así decirme que mi astigmatismo miópico aumentó... se triplicó, by the way.
En las próximas líneas encontraran algunos argumentos y/o tips que les ayudarán a discutir correctamente. Yo no soy ni filósofo, ni una persona que discute mucho (como ya bien sabrán), tal vez por eso sea la más indicada para esta labor –y si no es así, pues nos equivocamos todos y que vivan las peleas-. No deben pensar que son respuestas definitivas o infalibles, pero creo que ayudan bastante. Si no están de acuerdo con lo que propongo, pues ¡qué bien!, y si están de acuerdo con lo que digo, pues ¡qué bien! Ajá, ¿se dieron cuenta? Allí va la primera cosa que debemos tener en cuenta para evitar discutir o simplemente hacerlo de la mejor manera: respetar las opiniones de los demás.
Pero ¿qué sucede cuando la opiniones se encuentran y la exposición de argumentos se convierte en un verdadero campo de batalla? En esos momentos sólo podemos, a parte de maldecir o rezar, aceptar que no se llegará a nada, que los seres humanos somos tercos por naturaleza, por lo que ambos dan su brazo a torcer y ambos tienen la razón, así los egos no salen heridos y podrán ir felizmente a tomarse unas cervezas.
Ahora, cuando sabemos que la discusión es provocada por un error que hemos cometido, es decir, que nos merecemos el chaparrón, la respuesta más sincera sería aceptar nuestro error, pero sé que no lo harán. Negar hasta la muerte es nuestra divisa. Pero siempre olvidamos que las mentiras tienen patas cortas, que las paredes tienen oídos, que los secretos a voces existen y que tus amigos son chismosos. Digamos la verdad, es lo que recomiendo, aunque si no les convence, pueden pasar al plan B: ocultar información no es mentir.
A veces sucede que discutimos por cosas de las que no estamos seguros, porque los astros estaban retrógrados o simplemente que las líneas telefónicas se oponen a comunicarnos. Nunca pensamos en preguntar ¿qué pasó?, ¿estás bien?, ¿ya lo hiciste? No, sólo pensamos en ¡tú nunca contestas!, ¿con quién andabas?, ¡me imagino que no has hecho nada!, ¿y ahora qué dije? Tratemos de comenzar por lo más bajo, por lo más sano. Si detectamos una mentira o un destello de culpabilidad pues no peleemos como fieras, mejor volvamos a leer los párrafos anteriores, si no existen estas razones entonces sabremos que ninguno es culpable y una vez más habremos discutido correctamente.
Si nada de lo anterior parece funcionar y la obstinación es la bandera que lidera la discusión, le toca al “culpable” equilibrar las cosas. Es muy sencillo de hacer aunque requiere un poco de astucia, sólo debemos intentar que el “acusador” se sienta igual de mal que nosotros, lo que se logra a través de admitir el error y exagerar nuestro dolor. El “acusador” lo notará como muestra fiel de nuestro arrepentimiento y, por si fuera poco, lo hará sentir mal porque sufre si nos ve sufrir. Así es, nadie pelea con nosotros porque nos odia, un ejemplo infalible y que seguramente les ha sucedido, una madre que le dice al hijo(a) “yo te regaño porque te quiero”.
Un poeta fracasado solía decir: No debemos discutir cuando solo uno de los “contendores” está molesto, no tiene sentido, ya que no habrá respuesta. Sería mejor acumular molestias hasta que los dos –o más- “contendores” estén disgustados, molestos, iracundos o arrechos, así la pelea será más sabrosa, porque las ganas y la emoción están presentes. Recordemos que este texto no se centra solo en cómo evitar discusiones, también en cómo hacerlo de la mejor manera.
Si me atrevo a escribir un párrafo más, no podré detenerme hasta llegar a completar un libro. Solo me queda recomendarles pelear bastante, pero de forma adecuada. La fase cliché “hagamos el amor, no la guerra” es cierta, pero ¿por qué debemos dejar de pelear? Acaso después de una pelea no piensas en la gran y placentera reconciliación, en lo bien que te defendiste o simplemente en lo relajado(a) y desahogado(a) que te sientes una vez botaste esos demonios que llevabas por dentro. Ya saben cómo discutir correctamente y espero, de verdad lo espero, que no mueran en el intento.